9 de agosto de 2011

De pesca

Hace unas semanas, D sugirió, como nueva actividad en pareja, ir de pesca al mar. Yo dije que vale, que me parecía bien, y él, encargándose de todo como siempre, fue a sacar las licencias y a comprar unas cañas. Bueno, en realidad compró una caña, y comentó que podíamos pedirle la otra a mi padre. Yo pensé que ya puestos podía haber comprado dos, pero luego entendí lo que pasaba. Creo que no se fía de mi. Me parece que no quiso arriesgarse a comprar dos cañas para que luego, después de un día de pesca yo lo considerase aburrido, me dieran pena los peces inocentes sacados de su hábitat, o no me gustase pasar frío en el puerto, cualquier cosa cuyo resultado fueran las dos cañas tiradas en el fondo del trastero acumulando polvo, junto con los patines en línea, la bici estática y todas esas cosas que "a partir de ahora voy a utilizar".

Fuimos a pescar. Aburrido es, para que negarlo. Yo iba entusiasmada, con mi caña nueva (¡Quiero la nueva para mi!) y mis gusanos-cebo. Y le dije a D que estaba segura de que yo iba a ser la primera en sacar un pez.

Pero tampoco es tan fácil como parece, cuando una vez preparado todo el artefacto (que menudo rollo), y después de que D me explicara la técnica de lanzamiento me dispuse a lanzar muuuy muy lejos. Pero acabó cayendo a tres metros, como mucho, y con semejante fuerza que D dijo que si llego a darle a un pez lo hubiera dejado tieso sin necesidad de pescarlo.

Poco a poco fui pillando el asunto, entonces me dediqué a lanzar, esperar unos minutos y recoger, y así sucesivamente hasta que D me indicó que tenía que dejar un rato el cebo en el agua y tener algo de paciencia para que picara el pez.

Al rato me puse a gritar emocionada: ¡Un pez! ¡Un pez! ¡D, ayudame a sacarlo, que creo que traigo un pez!

Había enganchado un manojo de algas. Un grupo de señores curiosos se acercaron, atraídos por mis gritos de loca- dijo D- a interesarse por nuestra pesca.

Continuamos a ello, pero yo no podía estarme quieta mirando para la caña, así que empecé a pasearme de una lado a otro, a bailotear y a saltar. D dijo que no es así como se pesca, que el cebo debe estar quieto. Pero yo le expliqué, agitando la caña- que es un cebo mucho más realista aquel que se mueve, como si fuera un gusano de verdad. Al final me dio por imposible y me dejó hacer a mi manera. 

El no pescó nada, yo, un cangrejito pequeño. Algo es algo.

Por supuesto, lo volví a lanzar al mar.


2 ladridos:

Naar dijo...

me parece que te pasa como a mí, que tienes el culo muy inquieto para esperar a que los peces quieran picar...
y me alegro que liberaras al cangrejillo. pobre si no.
un beso!

isitabcn dijo...

Gracias por pasarte por mi blog. De vez en cuando entro por aquí desde el de Naar, aunque no tengo mucho tiempo para dejar comentarios.
Me has sacado una sonrisa con lo de la pesca... ¿volverás a repetir?

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