2 de agosto de 2011

Manías

No soy una persona complicada, diría que soy de trato fácil. Pero como todo el mundo tengo mis manías. D ya empieza a controlar dos puntos fundamentales.

1. Cuando tengo hambre me pongo de mal humor. La verdad es que nunca me había dado cuenta de esto hasta ahora (será porque mi santa madre me tenía la comida en el plato antes de dar tiempo a mis tripas a rugir). Pero así es, el mal humor va aumentando poco a poco acorde con mi apetito, como una bola de nieve que baja por una montaña, si se intercepta, ofreciéndome algo de comer, vuelvo a la calma, mansa como un corderito.

2. Algo parecido me ocurre con el café por la mañanas. Nunca me despierto de buen humor. Antes si, porque me despertaba tarde y con calma, así es fácil despertar alegre. Ahora despierto fiera, esta ferocidad puede ir aumentando conforme pasan los minutos, o puede ser cortada de raíz con un café. Una vez digerido me calma y relaja (el efecto contrario al que se supone que tiene el café).

Antes de tomar café, es decir, cuando era una niña, me pasaba algo parecido, aunque no tan apoteósico, con el desayuno. Simplemente no hablaba hasta que comía algo. No es que en ayunas estuviera de mal humor, no, simplemente no hablaba. Un verano fuimos un mes a Portonovo mis padres mis tíos, mis primas, mi hermano y yo (nos hacinamos 8 personas en un piso minúsculo de 3 habitaciones). Una mañana Lucía hablaba como una verdadera cotorra, mientras yo miraba para ella y como mucho le hacía gestos moviendo la cabeza, hasta que preguntó frustrada: Iria, ¿por qué no me hablas? A lo que respondí secamente: No hablo hasta que no desayuno. Desde entonces, me metía prisa para desayunar, para así poder mantener conmigo una conversación decente.

Ahora que hablo de Portonovo recuerdo otra costumbre mañanera. Éramos 4 niños, yo era la mayor y tendría 11 años, mi hermano tendría 10, Lucía 8 y Carmen 4. Curiosamente Carmen y yo compartíamos gustos televisivos, nos gustaban los dibujos animados, mientras que a mi hermano y Lucía les gustaba pasarse la mañana viendo una serie tras otra del tipo "Salvados por la campana" o "California Dreams". El caso es que, el que tenía el mando tenía el poder. No se si es que aquella tele no tenía botones y sólo se podía cambiar con el mando, o si era una norma que nos habíamos autoimpuesto. Pero todo lo decidía el poseedor del mando. 

Yo claro, siempre fui la más dormilona, y cuando llegaba a la sala, ya era tarde, o Lucía o Santi eran dueños del mando y me tocaba ver la serie de turno. Una mañana, al llegar a la sala, descubrí sorprendida que estaban viendo Delfi. Carmen me miró sonriente, se fue corriendo, volvió  con el mando y me lo entregó orgullosa.  ¿Como podía ser que la más pequeña hubiera podido mantener el dominio del mando durante toda la mañana? Resulta que ella solía ser la primera en levantarse (no sé por que los niños cuanto más pequeños más madrugan, creo que yo no lo hacía), entonces escogió el canal que más le gustaba, en el que daban dibujos, y después escondió bien el mando, manteniéndolo a salvo hasta poder pasármelo a mi que, ya si, podía defenderlo, con uñas y dientes, si hiciera falta.

Desde entonces, fuimos las reinas del mando, ella lo escondía cada día en un sitio nuevo, y al despertar me lo entregaba.


2 ladridos:

Naar dijo...

yo tampoco hablo por las mañanas. no tomo café, porque me sienta fatal, pero entiendo ese mal humor mañanero perfectamente!
lo del hambre me hace gracia, le pasa a mi padre. a mí me ocurre un poco con los horarios en general, pero llevo peor el sueño que el hambre, jeje.

tara dijo...

Lo del hambre y lo del mal humor también me pasa a mí, imagino que es un elemento residual del animal que somos. Me encanta esa alianza mañanera, qué tiempos!

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