31 de agosto de 2011

Periquito al gotelé

El otro día a mediodía le vino a Clara un cliente muy preocupado con su periquito. Resulta que su padre, enfermo de Alzheimer y muy testarudo al parecer, había decidido pintar la jaula del periquito con el animal dentro. El chico, estaba bastante pirado (por no decir loco de remate, pobre) y muy agobiado, pues el periquito estaba todo lleno de pintura, y Clara le dijo que tenía que dejárnoslo un rato para intentar quitarle la pintura, pues al intentar limpiarse el mismo podía intoxicarse. 

Cuando llegué nos pusimos manos a la obra, como ya llevaba días así, la pintura estaba toda reseca y era imposible de quitar, así que tuvimos que recortale las plumas de las alas y la cola.

Al rato, vino el dueño a buscarlo, le comenté que le habíamos recortado hasta dónde podíamos cortar, que si en un par de meses seguía teniendo pintura, se volviera a pasar a "recortarle las puntas".

El preguntó, cuando tengo que volver. Yo respondí en un par de meses, si aún tiene pintura. 

Luego le recomendé comprarle una jaula nueva, pues a la suya, al ser re-pintada, se le sacaba la pintura muy fácil, y el periquito al mordisquearla podía intoxicarse con la pintura, de hecho, ya estaba picoteada por algunos sitios, y se veía óxido por debajo. El pareció agobiarse mucho por el hecho de tener que comprar una jaula nueva, y me explicó que no tenía casi dinero, yo le sugerí que fuera a un chino pues allí las había muy baratas y sonrió ilusionado. Hasta me dijo que si podía llamar a su padre, para explicarle a él la necesidad de comprar una jaula nueva, pues dijo que era muy cabezota y si se lo decía él le iba a decir que no. Hablé con el señor, que pareció convencido. Luego el chico, volvió a preguntarme cuando tenía que volver a  traer el pájaro, y volví a  decirle que en un par de meses.

Cuando se iba, me pidió si podía taparselo con algo, ya que tenía que irse andando por la calle y no quería que la gente pensara que estaba loco por llevar el periquito de paseo. 

Ya salía por la puerta cuando volvió a repetir: ¿Cuando tengo que traerlo otra vez? Yo respondí que en un par de meses, que de momento no se le pueden cortar más. Y el comentó. ¿Es la cuarta vez que me lo explicas, verdad?






22 de agosto de 2011

Poker Face

Ayer (si, era Domingo y yo trabajaba, soy la más pringada del mundo mundial) llamó la Policía de Narón para ir a recoger un perro. Dijeron que se encontraba en un sitio recóndito (no medio do monte, vaia) y que por tanto era mejor que fuera siguiéndolos para dar con él. Así que quedamos en un lugar a medio camino desde dónde yo los seguiría.

Salí hacia allá, y, cuando iba de camino vi parado a un margen de la carretera un coche de la Policía de dicho municipio. En cuanto pasé al lado se incorporó y siguió detrás de mi, por lo que pensé: "Debe ser este a quién tengo que seguir, y vino a buscarme hasta aquí porque habrá algún tipo de atajo o quiere ir por otro sitio" (O no me cree capaz de seguir las indicaciones y llegar a dónde habíamos quedado).

Seguí avanzando hasta que vi un sitio dónde apartarme, me eché a un lado, pasó delante y yo seguí detrás. Seguí entonces detrás de él, que se salió de la carretera principal y empezó a meterse por caminos cada vez más estrechos. Además iba super rápido, "en la punta de la llama" que diría mi hermano, y mientras intentaba no perderle la pista con esta nuestra furgoneta que, la verdad, ya no esta para muchos trotes pensaba "Que policía más poco simpático, sabe que le vengo siguiendo, ve que la furgoneta no da para más y aun así, va pisándole como si no hubiera un mañana".

En un momento dado, se paró a un lado y bajó la ventanilla con pinta de querer hablarme así que me situé a su lado. La que resultó ser una mujer policía, me miraba extrañada, así que, con mi mejor Poker Face comenté: "Va a ser que este no era el coche que tenía que seguir". Y ella dijo: "Pues no".

Y con cara de estar aguantándose las ganas de reír, bajó y me explicó que llevaba un rato preguntándose por qué la iría siguiendo con tanto ímpetu. Cuando se lo expliqué dijo que lo sentía, a lo que respondí:  "¡Más lo siento yo por ir siguiendo el coche equivocado!"

Se metió en el coche para hablar con sus colegas por la radio y al bajar me confirmó que estaban esperándome dónde habíamos quedado. Me preguntó varias veces si sabía como llegar  al lugar (pensaría que soy retrasada, no la culpo) y cuando le aseguré que sí, me dejó ir en paz.



9 de agosto de 2011

De pesca

Hace unas semanas, D sugirió, como nueva actividad en pareja, ir de pesca al mar. Yo dije que vale, que me parecía bien, y él, encargándose de todo como siempre, fue a sacar las licencias y a comprar unas cañas. Bueno, en realidad compró una caña, y comentó que podíamos pedirle la otra a mi padre. Yo pensé que ya puestos podía haber comprado dos, pero luego entendí lo que pasaba. Creo que no se fía de mi. Me parece que no quiso arriesgarse a comprar dos cañas para que luego, después de un día de pesca yo lo considerase aburrido, me dieran pena los peces inocentes sacados de su hábitat, o no me gustase pasar frío en el puerto, cualquier cosa cuyo resultado fueran las dos cañas tiradas en el fondo del trastero acumulando polvo, junto con los patines en línea, la bici estática y todas esas cosas que "a partir de ahora voy a utilizar".

Fuimos a pescar. Aburrido es, para que negarlo. Yo iba entusiasmada, con mi caña nueva (¡Quiero la nueva para mi!) y mis gusanos-cebo. Y le dije a D que estaba segura de que yo iba a ser la primera en sacar un pez.

Pero tampoco es tan fácil como parece, cuando una vez preparado todo el artefacto (que menudo rollo), y después de que D me explicara la técnica de lanzamiento me dispuse a lanzar muuuy muy lejos. Pero acabó cayendo a tres metros, como mucho, y con semejante fuerza que D dijo que si llego a darle a un pez lo hubiera dejado tieso sin necesidad de pescarlo.

Poco a poco fui pillando el asunto, entonces me dediqué a lanzar, esperar unos minutos y recoger, y así sucesivamente hasta que D me indicó que tenía que dejar un rato el cebo en el agua y tener algo de paciencia para que picara el pez.

Al rato me puse a gritar emocionada: ¡Un pez! ¡Un pez! ¡D, ayudame a sacarlo, que creo que traigo un pez!

Había enganchado un manojo de algas. Un grupo de señores curiosos se acercaron, atraídos por mis gritos de loca- dijo D- a interesarse por nuestra pesca.

Continuamos a ello, pero yo no podía estarme quieta mirando para la caña, así que empecé a pasearme de una lado a otro, a bailotear y a saltar. D dijo que no es así como se pesca, que el cebo debe estar quieto. Pero yo le expliqué, agitando la caña- que es un cebo mucho más realista aquel que se mueve, como si fuera un gusano de verdad. Al final me dio por imposible y me dejó hacer a mi manera. 

El no pescó nada, yo, un cangrejito pequeño. Algo es algo.

Por supuesto, lo volví a lanzar al mar.


5 de agosto de 2011

Un puñado de gatitos


En mi canal de YouTube podeis verlos en todo su esplendor: Peripecias de una Veterinaria

2 de agosto de 2011

Manías

No soy una persona complicada, diría que soy de trato fácil. Pero como todo el mundo tengo mis manías. D ya empieza a controlar dos puntos fundamentales.

1. Cuando tengo hambre me pongo de mal humor. La verdad es que nunca me había dado cuenta de esto hasta ahora (será porque mi santa madre me tenía la comida en el plato antes de dar tiempo a mis tripas a rugir). Pero así es, el mal humor va aumentando poco a poco acorde con mi apetito, como una bola de nieve que baja por una montaña, si se intercepta, ofreciéndome algo de comer, vuelvo a la calma, mansa como un corderito.

2. Algo parecido me ocurre con el café por la mañanas. Nunca me despierto de buen humor. Antes si, porque me despertaba tarde y con calma, así es fácil despertar alegre. Ahora despierto fiera, esta ferocidad puede ir aumentando conforme pasan los minutos, o puede ser cortada de raíz con un café. Una vez digerido me calma y relaja (el efecto contrario al que se supone que tiene el café).

Antes de tomar café, es decir, cuando era una niña, me pasaba algo parecido, aunque no tan apoteósico, con el desayuno. Simplemente no hablaba hasta que comía algo. No es que en ayunas estuviera de mal humor, no, simplemente no hablaba. Un verano fuimos un mes a Portonovo mis padres mis tíos, mis primas, mi hermano y yo (nos hacinamos 8 personas en un piso minúsculo de 3 habitaciones). Una mañana Lucía hablaba como una verdadera cotorra, mientras yo miraba para ella y como mucho le hacía gestos moviendo la cabeza, hasta que preguntó frustrada: Iria, ¿por qué no me hablas? A lo que respondí secamente: No hablo hasta que no desayuno. Desde entonces, me metía prisa para desayunar, para así poder mantener conmigo una conversación decente.

Ahora que hablo de Portonovo recuerdo otra costumbre mañanera. Éramos 4 niños, yo era la mayor y tendría 11 años, mi hermano tendría 10, Lucía 8 y Carmen 4. Curiosamente Carmen y yo compartíamos gustos televisivos, nos gustaban los dibujos animados, mientras que a mi hermano y Lucía les gustaba pasarse la mañana viendo una serie tras otra del tipo "Salvados por la campana" o "California Dreams". El caso es que, el que tenía el mando tenía el poder. No se si es que aquella tele no tenía botones y sólo se podía cambiar con el mando, o si era una norma que nos habíamos autoimpuesto. Pero todo lo decidía el poseedor del mando. 

Yo claro, siempre fui la más dormilona, y cuando llegaba a la sala, ya era tarde, o Lucía o Santi eran dueños del mando y me tocaba ver la serie de turno. Una mañana, al llegar a la sala, descubrí sorprendida que estaban viendo Delfi. Carmen me miró sonriente, se fue corriendo, volvió  con el mando y me lo entregó orgullosa.  ¿Como podía ser que la más pequeña hubiera podido mantener el dominio del mando durante toda la mañana? Resulta que ella solía ser la primera en levantarse (no sé por que los niños cuanto más pequeños más madrugan, creo que yo no lo hacía), entonces escogió el canal que más le gustaba, en el que daban dibujos, y después escondió bien el mando, manteniéndolo a salvo hasta poder pasármelo a mi que, ya si, podía defenderlo, con uñas y dientes, si hiciera falta.

Desde entonces, fuimos las reinas del mando, ella lo escondía cada día en un sitio nuevo, y al despertar me lo entregaba.


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