30 de septiembre de 2011

Perros No. Segunda Parte

El otro día, tomábamos una caña en una terraza Anabel, Clara, Juan (Novio de Clara) y yo. Yo llevaba a Rasta (el perro), que estaba atado con correa y portándose muy bien, tan ricamente sentado a mi lado.

Entonces se acercó una niña a saludar al perro, no me preguntó si podía tocarle, si era bueno ni nada, directamente le acarició la cabeza, y yo tampoco le dije nada porque confío en él. Le acarició un rato y de repente y muy bruscamente, salió corriendo, el perro ilusionado con las caricias y queriendo jugar, dio un salto para ir detrás de ella, ladrando.  La niña, se puso a llorar y se fue corriendo a los brazos de su madre, levantando el vestido. El padre le miró y dijo ¡Que el perro le había mordido! Yo me quedé sorprendidísima porque a parte de que Rasta es muy bueno, no le había dado tiempo, y ¡lo tenía con la correa! Me acerqué a su mesa, a  ver que le había hecho y vi que tenía un arañazo pequeño, le dije que le había dado con la uña, queriendo jugar. Porque morder no muerde,  tampoco sabe dar la pata cuando se la pides, pero como quiera algo y pases de él te da con la pata, y con ganas.

Los padres fueron bastante bordes y desagradables. Yo entiendo que siendo padre te preocupes por tus hijos, y te enfades si algo les pasa. Pero oye, que una cosa sería que el perro fuera suelto y se lanzase sobre la niña. Pero el perro estaba atado y sentado a mi lado muy tranquilo y fue al niña la que se acercó a nuestra mesa a acariciarlo. 

El resto de gente de la terraza debió pensar que tenía un perro asesino de niños o algo, porque al rato, había unos niños jugando en el césped cerca de nosotros y claro, Rasta los miraba atento con las orejas levantadas muriéndose de ganas de jugar el también, cuando se acerca un padre, ¡furioso! gritando, ¡Como me los trinquee...!

Juan flipando, como nosotras, le dijo que oye, relax, que el perro estaba atado, muy corto además y tranquilo sin hacer nada...

Es que vamos... Y no contenta, pasa la niña del principio saltando cerca del perro y cantando: Perrito, malo, que me mordiste, perrito malo, que muerdes.

Pero ¿esto que es? ¿Encima vienes a picarlo?

Y conste que me encanta los niños, pero una cosa es preocuparse por ellos, y otra muy diferente buscar cosas donde no las hay...






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21 de septiembre de 2011

Ignorancias

Hace un par de días vino un cliente muy agobiado. Era el mismo que la semana pasada, también agobiado, le preguntó a Clara como se diferencian los gatos machos de las hembras pues no sabía de que sexo era su mascota. Pues bien, hace un par de días, su preocupación se basaba en que su gato (cuyo sexo es aun desconocido, pues vino varias veces, pero nunca con el gato) hacía un sonido muy extraño. Sobre todo cuando está contento, seguro y relajado- explicaba - es como una especie de rugidito, que le sale de la barriga...

-Si, ronronea -dije yo

-¡Ahhh! Valeee, así que eso es ronronear. Tenía miedo de que pudiera estar enfermo. Gracias, me quedo muy tranquilo. 

No sabe nada de gatos. Dijo Clara cuando se lo conté. Aún así me sorprende. Es como si alguien, por no saber de perros, ignorara que estos ladran, que las ovejas comen hierba o las vacas hacen Muuuu.

Aunque quizá no debería ser tan escéptica (no estoy completamente segura de que esta palabra este bien utilizada en este contexto), porque yo sé cosas de animales pero soy una ignorante total en muchos otros ámbitos. Por ejemplo no sé absolutamente nada sobre el mundo de los coches, el motor o las herramientas.

Clara, que es igual que Mónica de Friends, tiene su propia caja de herramientas y sabe como se llama cada una de ellas y para que valen, además, las usa. El otro día D estaba haciendo una ñapa en su casa y le pidió una llave de Alen, y ¡Clara supo de que se trataba! A mi no me hubiera pedido nada parecido, de hecho, un día me pidió que le acercara "La Herramienta" y tuvimos debate durante media hora porque el insiste en llamar "La Herramienta" al conjunto de la caja con todas las herramientas, y yo insistía en que si son varias deben llamarse "Las Herramientas", en fin.

Como ejemplo de mi ignorancia en lo que a coches se refiere, podría citar el día en que me robaron los tapacubos de la furgoneta y llegué a casa indignada diciéndole a D que me habían mangado las llantas...

14 de septiembre de 2011

El carrito, el volante y un fatídico final

Esta es una historieta infantil, pero no por ello tierna ni entrañable. Es más, la voy a contar, aún a riesgo de que  todos penséis que yo era un bicho malo, la semilla del diablo oculta en el cuerpecito de una niña pecosa y flacucha.

Aquel día estaba feliz, había heredado de alguna de mis primas mayores un carrito para las muñecas brutal. Era tan grande que podría haberme metido yo dentro, tenía una capota plegable y dibujos de colores en los laterales. 

Mamá iba a llevarnos de paseo así que podría estrenarlo, cogí mi Baby Fever pelirrojo y lo metí dentro, arropándolo bien.
Mi hermano Santi  y yo salimos alborotados a las escaleras, el llevaba un volante de juguete e iba todo flipado haciendo como que conducía un coche de carreras. Corría como loco y tomaba bruscas curvas imaginarias.

El salió delante, viviendo su propio rally, y yo detrás orgullosa con mi carrito. Yo tendría 5 años, así que él 4. Recuerdo que mis progenitores insistieron en bajarme ellos el carrito, diciendo que me iba a caer, pero yo, con mi habitual cabezonería, insistí en bajarlo sola.

Me dispuse a bajar el primer escalón, Santi debía estar en boxes o algo, que se había quedado parado justo delante y no me dejaba seguir, así que, le dí un pequeño empujón con el carro, en plan, avanza de una vez.

Con tan mala suerte que Santi cayó y rodó por las escaleras hasta llegar el descansillo. Resultado, clavícula rota. Y os podéis imaginar las consecuencias de tan complicada fractura, un niño de 4 años con cabestrillo durante meses...

Conste que no era de esas que odian a su hermano menor por el simple hecho de existir y robar la atención paterna, ni mucho menos, siempre nos llevamos muy bien...

Santi, yo y el carrito unos años después

Santi

Santi y yo



6 de septiembre de 2011

De ratos e homes

Como la historia que voy a contar sucedió en Galicia, somos gallegos, y la conversación tuvo lugar en tan hermosa lengua, me disponía a narrarla entera en gallego, pero luego me di cuenta que la mayoría de los seguidores de mi blog no son gallegos, y con seguidores me refiero a los que figuran como tal en el apartado SEGUIDORES en el margen de la página, y no a todos aquellos que leéis a hurtadillas y sin participar que, probablemente, si seréis gallegos.

Pal´ caso, que hoy por la mañana fui a un domicilio, a poner Microchips a los perros de un cazador. Después de guiarme entre un sinfín de perreras llenos de perros, llegamos hasta los que quería microchipar y dijo que iba a buscar  una silla para que me pudiera sentar mientras los pinchaba. Le dije que no hacía falta a lo que respondió: "Ti es unha rapaciña moi nova aínda e non tes que agobiarte por nada, ¡por nada!"

Una vez realizada mi tarea, y cuando me estaba pagando, observó que el estuche en el que guardaba el dinero y del que sacaba el cambio tenía bastantes billetes, así que comentó: Carallo, garda ben o bolso, que como cho vexan os Hippies.....

¿Eing? ¿Utiliza Hippie como sinónimo de ladrones? Manda huevos.

Ya me iba cuando me dí cuenta de que, entre tantas perreras y pasillos no recordaba muy bien por dónde había entrado, el señor, viendo mi confusión dijo: Ven, ven sigueme por aquí. Non te preocupes que solo te vou indicar o camiño para saír... Porque son vello, que se chego a ser novo.... Ggg  (Que asco)

¡Pero como lle dis esas cousas á rapaciña! Exclamó la mujer molesta (Sí, estaba su mujer)

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